Vida, obra y principios de un funcionario de la formación arquitectural

Juanito es un arquitecto egresado en 2018 de una universidad privada de una ciudad importante. Se demoró siete años en estudiar y le dedicó uno más a su tesis. Aun considerando que en su ciudad ya hay un número más o menos importante de arquitectos, creó su oficina en su propia casa. Hizo algunos pocos proyectos: una casa, un par de remodelaciones y varios renders. Obras, casi nada. No le va muy bien; no le alcanza para poder vivir como quiere.

Es difícil vivir de ser diseñador. En el Perú, el arquitecto suele ser una de las últimas personas en enterarse de que se va a construir una casa. Y para ser empresario de la construcción, o ir a por más, hay que tener contactos, e incluso saber un poco más de lo que uno recibe en la universidad. Es decir, estar en constante actualización y ser socialmente habilidoso.

​Juanito no sabe si vivir de la arquitectura o poner un emprendimiento aleatorio de hamburguesas o impresiones en gran formato, porque el ideal de la arquitectura —esa utopía de diseñar, construir sus propios proyectos y tener la vida resuelta con eso— no le está funcionando.

​Intenta suerte como proyectista en una empresa inmobiliaria, donde debe distribuir y replicar departamentos de 45, 60 y 70 m² —de uno, dos y tres dormitorios respectivamente— en insulsos edificios de quince pisos ubicados en alguna avenida genérica de su ciudad. Con suerte, puede proponer revestimientos modulares para las fachadas o tipos de tableros para las cocinas. No le va mal. No hay problemas. Llega a los objetivos. No hay espacio para ponerse exquisitos. Trabajo es trabajo. Diseñar, en ese lugar, consistía principalmente en convencer al reglamento de que todavía quedaba un metro cuadrado vendible.

​Por algunos conocidos termina de funcionario municipal, redactando expedientes, aprobando paneles publicitarios y saneando pueblos jóvenes producto de invasiones del pasado. De todo un poco. Para entrar, no necesitó mucho. Para mantenerse ahí, tampoco requirió gran cosa. Va comprendiendo que es mejor, a veces, dejarse llevar por la lenta burocracia. Hay que trabajar, y le pagan más o menos. Pero sabe que no podrá seguir así por mucho tiempo.

​Pensando en abrirse más puertas, cursa una maestría en una universidad que las oferta al por mayor. Año y medio. Intensivismo sin culpa. Ninguna temática específica. Le ofrecen salir con el título de «MAESTRO EN ARQUITECTURA» a un módico precio, por unas horas los fines de semana. Gracias al Covid y sus consecuencias, ni de su casa se movió: todo por Zoom. Sábados y domingod en modalidad full day. No desaprovecha la oportunidad y, luego de un año, nueve meses y catorce días, su diploma de maestro ya aparece en todos los registros del internet.

​Un amigo de la universidad le cuenta que con eso ya puede dedicarse a la docencia. Había oído de eso antes. No le parece mala idea. Tampoco es que le llame la atención —nunca lo pensó seriamente—, pero le parece una excelente oportunidad para obtener un ingreso extra durante las noches o los fines de semana.

​Lo intenta. En un flyer reenviado por WhatsApp se lee:

«TRES AÑOS DE EXPERIENCIA UNIVERSITARIA Y GRADO DE MAESTRO REGISTRADO EN SUNEDU – INDISPENSABLE».

​Juanito postula. Le llaman a los días. El encargado de la escuela le ofrece Talleres de Diseño y otros cursos. Algunos no los domina, pero la secretaria de la escuela le da el material que ha de utilizar y termina aceptando sin hacerse mayores problemas. Él no tiene experiencia pedagógica, pero la propia universidad se ofrece a capacitarlo durante el ciclo. 

​Pasa el tiempo, los meses, y no lo hace mal. Pasan los ciclos. Ahora sabe más de Geometría de lo que sabía antes de dedicarse a la docencia. Repite el ejercicio dos, tres, cinco ciclos. Se ha paseado por la mayoría de talleres de diseño, por varios cursos de construcción y ya es un amplio conocedor de la historia bizantina, la arquitectura de hierro y la posmodernidad ochentera. Hasta le ha agarrado cariño al curso de Historia. Lo repite una y otra vez, las veces que sean necesarias. Si viene un nuevo curso, lo toma sin reparos, pues en el mundo de la docencia universitaria, el camino se hace al andar.

​Juanito se da cuenta de que la docencia es un nicho interesante y con beneficios laborales que antes no tenía. Decide dejar su trabajo municipal porque le retrasan los pagos ya desde hace varios meses. 

Con más tiempo, postula a tres universidades más. En una no consigue entrar. En dos sí. Inteligentemente distribuye sus horarios: lunes y jueves para la primera, martes y viernes para la otra, y miércoles y sábado para la tercera. 

​Hoy su principal fuente de ingresos es la docencia universitaria. Todavía mantiene su «oficina de arquitectura», aunque esta solo funcione cuando eventualmente le llega algún proyecto: la casa del amigo de un amigo o la remodelación del local de un familiar, muy de vez en cuando. Tampoco tiene personal a su cargo, no tendría cómo pagarlo. Si le sale algo, llama a un par de estudiantes para que le ayuden con el trabajo pesado; ya sabe quiénes son los más productivos.

​Juanito es ya todo un catedrático. No le va mal. Ya casi cumple una década en los pasillos universitarios. En algún momento se preguntó si era la persona adecuada para enseñar, pero la cuota del alquiler respondió por él. 

De vez en cuando, quizás una vez al año, asiste a algún curso que le resulte interesante. ​En la universidad le muestran incentivos para la investigación, para que así pueda obtener mayores credenciales para el ejercicio educativo y la institución, de paso, pueda aumentar sus estándares de calidad ante las acreditadoras internacionales. Sin embargo, a Juanito la investigación le genera franca flojera. Prefiere solo enseñar. El doctorado le parece un horizonte lejano. Si se presentan las condiciones adecuadas, se anotaría a uno idéntico al de su maestría: los fines de semana, a un precio consciente de la crisis económica del país y en el que no tenga que matarse leyendo, de tal manera que pueda seguir el agitado ritmo de vida de un catedrático universitario. No lo descarta, pero tampoco le anima; el porcentaje adicional a fin de mes en su valor hora no le parece un incentivo muy motivador.

​Si no investiga, no anda muy actualizado en temas de la carrera. Pero sí conoce lo malo: es consciente de la corrupción del país y rechaza abiertamente la privatización del espacio público y la invasión de las huacas. Prefiere postear una que otra cosa en redes al respecto y luego seguir con lo suyo. ​Aun con todo, no es un mal docente. 

​Y sí, entre los alumnos se escucha que Juanito, efectivamente, no es un mal docente. Pero tampoco se dice de él que sea de esos profesores que marcarán sus vidas para siempre, de esos que obligan a cuestionar la existencia y que se encuentra uno entre doscientos; ni siquiera figura entre los elegidos para aparecer en los agradecimientos de las tesis.

​Para que fuera considerado malo, el resto tendría que ser deliberadamente muy bueno, o él tendría que dejar de subir su material a tiempo, olvidar responder foros o no poner el logo de la universidad en sus diapositivas. Al menos eso dice la rúbrica de evaluación docente. Hasta a veces recibe diplomas e incentivos exonómicos por su efectiva labor. Y con justa razón, Juanito es respetuoso, cumplido, se pone la camiseta.

​Piensa seriamente en dedicarse por mucho tiempo a la docencia universitaria. Sabe perfectamente que mientras exista en la gente la ilusión del éxito a través del título profesional —como emblema de progreso en familias originalmente carentes de estudios superiores—, es decir, mientras exista oferta de estudiantes, habrá demanda de personas que se dediquen a enseñar. Y él ya está metido de lleno en el ruedo.

​Luego de varios años, le tocó coincidir en la plana docente con Rosita, una exalumna a la que recordaba vagamente de vista. Rosita no fue una alumna sobresaliente, pero tampoco fue mala. Estudió durante cinco años. No reprobó cursos. Llevó una maestría muy parecida a la de Juanito y hoy, con todo el ánimo del mundo, se inserta en la ajetreada vida de la formación por competencias y las capacitaciones virtuales en casas de estudio superior.

​Rosita oye la explicación teórica de Juanito y coinciden convenientemente en la tríada mágica para hacer buena arquitectura. No la vitruviana, sino la que varios han oído, dominan, repiten y defienden: que al contexto hay que respetarlo, que el espacio público salvará al deprimido y delincuencial mundo contemporáneo, y que un edificio es infinitamente mejor si tiene dobles alturas o espacios fluidos.

​Sus nuevos estudiantes, así, se van encaminando en el fascinante mundo de la arquitectura. Van conociendo aquellos principios arquitectónicos que, como ancestrales relatos orales, transitaron de generación en generación, aun cuando pocos recuerdan de donde provienen.

​Los nuevos estudiantes, ahora egresados, están preparados para abrir estudios de arquitectura y diseñar convincentes departamentos al límite del reglamento. Años después, uno de ellos volvería a la escuela con un grado de Maestro registrado en SUNEDU. Había una plaza disponible para Taller 2.

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Israel Romero Alamo, abril de 2023