Tenían algunos meses viviendo en esa casa. Habían vuelto tras unos años en el extranjero:
Gabriel Urquiaga, diplomático, algo mayor, su esposa y su hija de diecisiete años. Él no era tan
grande como aparentaba. El trabajo y los viajes habían hecho estragos. En Lima, adonde habían
vuelto, tenían una vida más o menos tranquila.
La alquilaron. Poco más de quinientos metros cuadrados. Era un espacio grande para tres;
quizás lo hicieron para sentir algo de paz lejos del ruido y la contaminación, en La Planicie.
Gabriel era un hombre solitario, de rutinas. Todas las mañanas hacía ejercicio en su jardín,
almorzaba a veces con su esposa y cumplía con su trabajo de manera remota. Por momentos
salía, y a su hija la veía poco. Al principio le gustaba despertarse antes que los demás. Miraba,
cuando todavía no estaba del todo claro, desde el largo balcón de su dormitorio, la piscina que
estaba metros abajo: grande, celeste, fría.
Daba varios pasos para salir de la habitación y otros más para atravesar un pasillo ancho y con
luces indirectas. La casa permanecía inmóvil a esa hora. Bajaba las escaleras flotantes luego de
caminar por un puente de grueso vidrio, mirando a todos lados: desde el áspero muro de
concreto del recibidor, hasta la copa de los árboles del vecino y los cerros que estaban detrás de
ellos. Llegaba a la cocina. Desayunaba. A veces solo. Desde la cocina podía ver el comedor;
desde el comedor, la sala; desde la sala, la terraza, que estaba gris y fría por la neblina. Le
tranquilizaba comprobar que desde allí podía verlo todo.
Se sentaba en su sofá. Estiraba los brazos y miraba todo lo que podía verse. Casi todo: los
muebles, anchos y cómodos, que se fusionaban con las paredes en un beige milimétricamente
calculado; y los cojines, que conversaban, suaves y coloridos, con las revistas de diseño
dispuestas sobre la mesa de centro de madera exótica.
Era como vivir en una fotografía.
Los pasos no se sentían al momento de ir a la oficina, a unos escalones de la sala. Poco a poco el
aire se aclaraba. Se sentaba en el escritorio. Un labrador color hueso le miraba a través de la
mampara. A veces lo dejaba pasar, y quedaba afuera solo el verde del césped y de los arbustos
que trepaban por el muro perimétrico. Cerraba la mampara. El viento corría.
En ocasiones salía a leer en la amplia terraza de piso de madera natural. Tomaba un café
acompañado de la vista de unas orejas de elefante gigantescas y de su labrador, que se echaba a
sus pies bajo la escasa sombra de un techo blanco y etéreo que levitaba varios metros hacia el
jardín.
Al transcurrir las semanas, poco cambió. La rutina. Pero Gabriel, con el paso lento del tiempo,
empezó a mostrar intranquilidad. Contó las puertas de la casa. Eran doce. Pero ninguna se veía
con facilidad. Estaban ocultas entre los muros de ambientes particulares: baños, dormitorios y
depósitos. No había más puertas. Todo era transparente. Las miradas podían cruzarse e
intercambiarse a lo largo de metros.
Por momentos el eco hacía estragos en su mente. Vivían con Hortensia, la señora de la limpieza.
Descubrió que no era ella quien lo incomodaba. Era el hecho de que, desde donde ella estuviera,
siempre pudiera verlo. O su esposa o su hija. O cualquier persona que llegara. Bastaba con
cambiar de ambiente para volver a encontrar una línea abierta hacia otro. No había dónde
interrumpir la mirada. Incluso el lente de la cámara de vigilancia del poste que estaba en la
vereda, a casi veinte metros, llegaba a registrar lo que comía o las pantuflas con las que andaba.
Se acentuó su inquietud.
Una tarde notó que la casa no producía sombras verdaderas. Las había observado por días sin
darse cuenta. Ninguna era suficientemente oscura. La luz llegaba siempre desde algún lugar.
Rebotaba. Entraba por otro lado y regresaba desde un muro claro. Una noche apagó todas las
luces y el resultado fue decepcionante. La luz blanca de los postes, el amarillo de los vecinos y
el azul del cielo y la luna se metieron en la casa. A Gabriel solo le quedó meterse en su cuarto y
bajar los dos blackouts inmensos que separaban su dormitorio del vacío; solo así pudo
descansar.
Al parecer, comenzó a molestarle. Un día se puso a leer en el baño de visitas. No era un hábito
antiguo. Era el único lugar donde el resto de la casa parecía terminar. Allí los muros volvían a
ser muros, aunque fueran fríos. El baño tenía una diminuta ventana vertical que llegaba del piso
al techo y que no daba a ningún lado, pero el aire entraba con fuerza. El mármol era más
agresivo y gélido de lo que se suponía. Se echaba en la tina —que el baño incluía— y se ponía a
leer. Había llevado una manta gruesa para ponerla como colchón improvisado para sus
momentos de lectura. Su esposa, cuando lo veía, se burlaba de él.
Los fines de semana era difícil distinguir cuándo terminaba el almuerzo y continuaba la
merienda. Toda la casa terminó siendo la misma gran habitación, la cocina, la sala, el comedor,
el verde y el cielo. Su hija llegaba con sus amigos. Estaban en la terraza, en el jardín, en la
piscina, y Gabriel no hacía más que oír sus risas, sus gritos y sus banalidades. Fuera adonde
fuera, los oía gracias a una impecable relación entre los espacios. Su mujer se había adueñado
del dormitorio. Solo le quedaba el baño de visitas, pero aun así todo se escuchaba. Cuando los
amigos de su hija querían entrar, decía que estaba ocupado. Era su nuevo e íntimo espacio.
— ¿Qué hace tanto ahí? —preguntó su hija a su madre.
— Ja, ja. Está loco. No quiere que lo molesten.
A los pocos días cubrió con cartones el hueco de la ventana del baño. Sintió un alivio inmediato.
Solo se quedó con la luz cálida e indirecta que salía detrás del inmenso espejo. Le pidió a
Hortensia que le consiguiera cartones. A las pocas horas, ella le llevó el de un televisor grande y
el de una refrigeradora de doble puerta que estaban en el depósito. Gabriel empezó a cortarlos
con tijeras y a pegarlos con cinta de embalaje. Cubrió gran parte del mármol con ellos, pero no
eran suficientes. Le pidió que consiguiera más, y aunque ya no había más en la casa, Hortensia
tuvo que buscarlos.
Gabriel cubrió la mitad del baño. Llevó cerca de cuatrocientos libros de su biblioteca y los puso
uno encima de otro, para cubrir parte de la pared faltante. Poco a poco, el eco desaparecía y el
baño se achicaba.
Hortensia le llevó nuevos cartones, pero estaban empolvados, algunos sucios, manchados. Los
había encontrado en la calle, en el contenedor de reciclaje. A Gabriel no le importó. Terminó de
forrar el espejo. Mágicamente, el espacio terminó. Continuó con la puerta, y esta desapareció.
Cada día Hortensia llegaba con más cartones, de todos los tamaños y procedencias. Ella se había
convertido en su cómplice. Gabriel continuaba: cubría los restos de la pared, el techo, el piso.
No se cansó de pedir durante semanas más cartón. Logró hasta cinco o más centímetros de
grosor y un silencio sepulcral y una oscuridad absoluta. Ahí leía, trabajaba y a veces comía o se
quedaba dormido.
Gabriel salía solo por cuestiones obligatorias del quehacer humano: una cena familiar, una
ducha eventual, un cambio de ropa. A veces para dormir con su esposa.
— Me estás preocupando. No puedes estar así. Ahí en el baño todo el tiempo.
— ¿Por qué? —respondió Gabriel, tras varios segundos.
Hubo un silencio tenso.
— Porque ahí termina —dijo Gabriel.
— ¿Qué? A veces ni te bañas. Solo sales a comer.
— Déjame en paz.
Cuando salía, hacía cosas extrañas. Se cubría con la manta o corría agachado y pertrechado
hasta encontrar un lugar seguro. Uno cerrado. Un dormitorio. Otro baño. Apenas abría la puerta,
el resto de la vivienda irrumpía sobre él. El comedor, la sala, el jardín, la escalera. Todo llegaba
de golpe. Era como salir al centro de una plaza sin haber decidido hacerlo. Poco a poco dejó de
comer en la mesa principal o en la cocina, y llevó más cosas al baño de visitas: su ropa, sus
herramientas, un hervidor de agua, una olla arrocera, cosas para comer. Había convertido ese
baño en una pequeña guarida.
— Papá, ¿puedes salir? —dijo su hija, tocando varias veces la puerta del baño.
— Luego. Estoy ocupado —respondió Gabriel sin dar más detalles.
Solo permitía que Hortensia pasara el brazo por la puerta semiabierta para alcanzarle más
cartones o alguna otra cosa de extrema urgencia.
Con el tiempo, la necesidad de salir se hizo cada vez menor. Si bien nunca fue un hombre muy
sociable, su faceta de ermitaño extremo ya empezaba a preocupar a su familia.
Una tarde en la que se encontraba completamente solo, salió del baño cubierto como de
costumbre, agachado hacia su dormitorio. Pero se detuvo en la sala sin ver demasiado. Intentó
recordar el color exacto de la manta que había sobre el sofá. La observó durante varios
segundos. Después miró el sofá. Después la alfombra. Después el muro.
Le sorprendió descubrir que no estaba seguro de dónde terminaba una cosa y comenzaba la otra.
Le costaba recordar cuál había visto primero. Tocar la pared perfectamente masillada y pintada
era dejar marcas de grasa que arruinaban la tranquilidad del lugar. Empezó a gritar y a cubrirse
más para volver corriendo a su guarida. Al entrar al baño, terminó tropezando con la manta que
lo cubría y cayó sobre el acolchado piso de cartones: su cabeza golpeó la taza del inodoro y
perdió el conocimiento por varios minutos.
La noche de ese día estaba lo suficientemente oscura. El baño también. La puerta, que no estaba
completamente cerrada, debido a la caída de Gabriel, empezó a entreabrirse y la silueta oscura
de una mujer se asomó por el umbral, entrando en el pequeño espacio. Gabriel, al oír el roce de
los cartones mientras la puerta terminaba de abrirse —dejando entrar un fuerte destello de luz
cálida—, despertó aturdido y empapado en sudor. Al ver la difusa sombra de la mujer, se asustó,
se levantó de golpe y empezó a darle empujones en la oscuridad, diciendo palabras rabiosas e
ilegibles. La intrusa entró, pero no sabía cómo llegar al interruptor para encender la luz. Solo
tocaba en la pared capas y capas de cartón.
— Lárgate, ¡Lárgate! ¡No entres! ¡No abras más! ¡Vete!
— Soy yo, no, no… ¡Soy yo! —repetía la voz femenina que expresaba dolor y
desesperación.
No se supo más esa noche. Solo hubo silencio.
Al día siguiente, cuando abrieron la puerta y encendieron la luz, encontraron unas tijeras entre
los dedos de Gabriel, quien estaba inconsciente. La mujer estaba apoyada contra los cartones.
Yacía como un bulto empapado de un rojo seco y magullado. Los cartones del piso habían
perdido su color natural para volverse de un marrón oscuro, quedando completamente sin
rigidez en casi todo el lugar.
A los pocos días, las pesquisas de rigor hicieron lo suyo. Todo siguió su rumbo administrativo
esperado. En el baño, los cartones ayudaron a que todo pareciera pasajero: se retiraron, sacando
casi una tonelada de material. El baño recuperó sus proporciones originales y con el tiempo la
casa fue vendida nuevamente. Una buena campaña de publicidad logró su cometido. Lo de
Gabriel era una leyenda mal contada, archivada en las páginas policiales. Se hizo una ligera
remodelación en el baño. Sus materiales no eran los mismos que los originales, pero se
parecían.
Un año después, la casa obtuvo el principal premio de arquitectura del Perú. El jurado destacó la
continuidad espacial, la pureza material y la extraordinaria integración entre los ambientes y
niveles. La fotografía de la sala con el jardín de fondo apareció en la portada de varias revistas.
El baño, en los interiores, no parecía desencajar.
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Israel Romero Alamo, junio de 2026.