Torre por si acaso

2020

Era un área sobrante en un lote familiar de seis metros y medio de ancho por el triple de largo. A las afueras de la ciudad. Decidí, imaginariamente, tomar la tercera parte del área total. Era el año 2020. Inicios de la pandemia. Soledad, aburrimiento. No lo iba a construir; no en el corto ni en el mediano plazo. Era difícil, en esas condiciones, saber si habría largo plazo. Y por aquel entonces no tenía cosa más interesante que hacer que imaginar cosas.

Imaginé una torre. El lugar estaba relativamente alto y se podía ver a lo lejos el mar, bastante lejos, atravesando visualmente toda la ciudad. Una torre podría levantar la mirada. Ver todo desde más arriba, con un poco más de contexto. Podía ser un estudio, o una casa, o algún lugar para aguantar un terremoto, un huayco, una guerra, una lluvia despiadada o quizás el fin del mundo.

Una cisterna grande con un depósito estaría debajo de la superficie, para soportar, por si acaso, en algún momento, se acababa el agua. Luego tendría un área común; escaleras de sesenta centímetros que avanzaban y subían pegadas a los muros para no quitar espacio. Para que pudiera tener algo de realidad ese proyecto imposible, todo era de concreto. Recibí los comentarios de un ingeniero. Tenía ventanas por encima de lo normal, por lo del huayco y las lluvias. De paso para no ver gente alrededor. La torre se iba reduciendo mientras crecía, de casi cinco metros por lado, a cuatro, y luego se comprimía más. Cuestiones elementales de física de las que no sabía mucho más. Los compartimentos del baño estaban en el centro vertical de la torre, para servir tanto a la parte inferior como a la parte superior, donde estaría un lugar para dormir, un lugar de trabajo y una terraza.

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Luego, el concreto iba desapareciendo un poco, pero seguía siendo el material principal. Se complementaba con un poco de madera, un poco de aluminio, un poco de acero. La idea era hacerlo por partes, en caso se pudiera hacer. En la parte alta, como linterna de pie y desde lejos, se vería un cubo de estructura metálica y policarbonato. Brillante. Un faro. Sobre la cabeza, un mirador cilíndrico también metálico, ligero, alto, acompañado del tanque elevado, anclado al acero que lo soportaba. Una chimenea. Seguro se mecía un poco con el viento. Ojalá no mucho.

La parte de arriba era lo mejor. Para estar ahí, mirando el mar de Chimbote. Lejos. No me desagradó cómo quedó. Tampoco me entusiasmaba. Por ratos parecía una geometría anticuada. O cuando menos poco arriesgada. No reparé más en ello. Los desastres del futuro relativizaban todo. Fue respondiendo un poco a cómo subía la escalera. Imaginé el vacío interior, desde arriba, mientras la escalera subía. Poder ver la cocina desde el dormitorio y el baño desde la terraza. De arriba hacia abajo, o al revés. Imaginé el sol de la tarde que iba a entrar al escritorio, fastidiando. Por lo que habría que poner una cortina, o un cartón improvisado, o solo cerrarlo con drywall y ya. No imaginé colores. Ni permisos. Ni plazos.

Ahí sigue el terreno. Está vacío. Quizás me anime, al menos por una parte. Por ahora no. Ojalá la naturaleza se tome su tiempo.