Opinión
2020
Nadie me lo había pedido. Por eso tampoco se hizo.
Mi vecino estaba construyendo en su terreno. Algo que parecía ser ya una versión definitiva de lo que hasta ese instante tenía. Había levantado un cerco de unos pocos centímetros con ladrillo. Y en una de esas coincidencias, en las que pasaba por su terreno, y él sabiendo a lo que me dedicaba, me preguntó si entrarían tres dormitorios en lo que estaba construyendo, que, entiendo, era su casa. No quería mis servicios profesionales ni algo parecido. Solo era una pregunta al aire, tanteando un poco mi opinión.
Le dije que no, que no entraban tres dormitorios. Pensaba colocar también sala, comedor, cocina y los ambientes elementales. Todo en un piso. Él no insistió, solo me agradeció por la opinión y ahí quedó la conversación.
A los días recordé lo sucedido. Dudé. Me puse a pensar en el terreno que tenía, de 75 m², a ver si encajaban tres dormitorios más todo lo demás. Lo intenté. Y no. No cabía. No con cierta dignidad. Salvo que los dormitorios midieran dos por dos metros y medio. Así que lo descarté.
Luego me puse a dibujar cómo podría encajar. Aunque obviando un poco las exigencias de mi optimista vecino. Para que entren dormitorios más o menos decentes deberían tener 2.80 por lado, al menos. Con esa dimensión entraban con tranquilidad dos dormitorios. Pero como el ancho era de cinco metros, tendrían que desfasarse; no podían ocupar todo el ancho. En el vacío de ese movimiento podría ir un baño, o por ahí iluminar y ventilar.

Así que los dormitorios terminaron al fondo, con un desfase donde encajó un baño encerrado con dos entradas. Se le redujo la altura y se ganó algo de luz y una salida del aire que entraba a los dormitorios por otros dos patios mínimos. Entendí que los vacíos eran un problema. Para él. Y también para mí. Que el 30% reglamentario aquí no cuadraba. Ni qué decir del retiro o del estacionamiento. No estaba enterado cuando se lo comenté. A decir verdad, esas cuestiones no le preocupaban.
En mi idea quedaron espacios de iluminación y ventilación de unos ochenta centímetros de ancho por dos metros de largo. Entre eso y la oscuridad absoluta y el olor de humedad, no había mucho que pensar. Todo se iluminaba hasta casi las cinco de la tarde y el viento podía entrar y salir de los ambientes.
No estaba en sus planes pedir permiso para construir lo que ya había empezado. De hecho, había comprado una treintena de planchas entre acanaladas termoacústicas y onduladas viejas para el techo, lo que hacía suponer que en su plan original quería cubrirlo todo. También tenía una buena cantidad de placas de madera para casas prefabricadas. Y listones. Todo lo iba a hacer —y lo estaba haciendo— él mismo con un joven que le ayudaba. No quería construir más pisos. Prefería todo en un solo nivel. Por dinero, dijo.
No tenía esa visión, a veces romantizada, del futuro, lapidaria del presente: levantar un primer piso, luego donar el segundo para los hijos y, más adelante, un tercero para alquilar, o para más hijos. Y más pisos, por si la física lo permite. Por el contrario, consciente del poco tiempo que le quedaba, solo quería vivir allí con quienes ya estaba, invirtiendo lo menos posible.
La cosa es que utilicé sus materiales en la propuesta, en lo que se pudo. Sí agregué algunos muros y columnas, porque tuve que hacer un segundo piso a medias para encajar la tercera habitación, tal vez contagiado por su optimismo por incrustar todo, como si de un departamento capitalino se tratara.





En el frente se dejó el espacio para sala, comedor y cocina. Un ambiente justo, pero que con algo de orden y poca acumulación podía funcionar. Difícil, pero, después de todo, uno de los (muchos) posibles escenarios. Los dos dormitorios quedaron unas gradas por debajo del nivel de la vereda. Eso permitía no subir demasiado y tener sobre ellos el tercer dormitorio y la lavandería. Porque el espacio de la ropa sucia y recién lavada o estaba arriba o terminaba arrinconado al costado de un pasillo estrecho.
El lugar social ganó algo de altura. Un techo inclinado que llegaba a los cuatro metros antes de volverse plano. No era exactamente una doble altura. Solo un ambiente más alto de lo habitual. Se comprimía en el ingreso y, después de abrirse de más, volvía a bajar al mínimo al acercarse a los dormitorios. Al final, no se hacía un segundo piso completo. Las diagonales del techo —por partes— quizá ayudaban a que no lo parezca. Desde la calle, la casa, dos pisos no tenía.
En el fondo requería algo más de inversión. Era la única concesión que encontraba frente a su idea inicial. Pequeño detalle.
Se la envié a la semana. Hice unos planos entendibles y algunas vistas. Se los entregué. Me agradeció. Le expliqué. Volvió a agradecer. Y hasta ahí tuvimos contacto.
Seguía pasando por su terreno y veía que continuaba construyendo. A los pocos días me di cuenta de que seguía con la idea que tenía desde el inicio. Quizás tomaría alguna cosa suelta: las dimensiones de los dormitorios, el lavadero frente a la ventana o el ancho de los pasillos. Uno nunca sabe qué parte de un dibujo termina sobreviviendo. Creer que todo, es pecar de protagonismo.
Pasaron unas semanas más y vi su obra terminada. El material que había adquirido estaba montado donde correspondía. Un tanque elevado azul de 1100 litros sobresalía de la cubierta y de su pequeña pendiente. Había techado todo el terreno con las treinta planchas.
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