Qué habrá sido de ese perro

Pasaba todas las semanas. A decir verdad, todos los días. José y su amigo Eliseo se colgaban de la parte trasera del camión. Saltaban de tanto en tanto y recogían las bolsas negras, con desperdicios húmedos y amontonados a presión, en su interior. Si uno recogía una bolsa, el otro la rompía, vaciaba su contenido y separaba una que otra botella en un costal que yacía amarrado a un lado, con otras botellas sucias y con restos líquidos antiguos.

Junto al chofer de turno, iban por las calles de Nuevo Chimbote. De forma interdiaria se turnaban sectores y horas. A veces de tarde, otras de noche, en asentamientos humanos y urbanizaciones. Todos, al final del día, tenían basura: tripas descompuestas, jabas de huevos y papeles higiénicos manchados. Y todo bajo el sol, terminaba pudriéndose y apestando igual. En el camión municipal, blanco y sucio por el desgaste, la polvareda neochimbotana, y porque al parecer no tenía sentido lavar un camión de basura, llenaban, compactaban, llevaban y volvían para respirar los restos que los vecinos botaban a las calles.

Al entrar en algunos sectores, el chofer del camión encendía su bulla bochinchera a altoparlante, promovida por algún creativo funcionario municipal. Salía por una bocina que tenía en la parte delantera y con eso buscaba anunciar su llegada a al menos tres manzanas a la redonda. Quizás era imposible que el camión tuviera una hora religiosamente cronometrada. O, peor aún, que la gente saque su basura en un momento de sentido común, para así evitar que sean saqueadas por ratas y desperdigadas por perros en retazos de césped amarillento o en la misma pista. Con bulla, la gente entiende. Y se entiende.

José llevaba guantes. Eliseo era más avezado. Tenía las manos callosas y curtidas. Probablemente había trabajado en construcción, cargando cajones con pescados en el terminal pesquero o en alguna otra temporal labor que solo requería capacidad física y bocas que alimentar. Y en los últimos tres años, le tocó colgarse del camión.

Ramiro, un chofer viejo, escuálido y moreno que por esos días se encargaba de ese sector de la ciudad, se detuvo orillado en uno de los parques recién estrenado de Las Brisas. Un lugar repleto de plástico colorido. En los juegos para niños, en los techos de esos juegos, en el portal de bienvenida, en las rejas y en los tachos de basura había colores. Todo estaba pintado de tonos vivos que acompañaban al celeste, amarillo y verde acostumbrado de los postes del distrito. Eliseo y José se bajaron a tomar las bolsas de un contenedor grande. El contenedor, que sí era negro, tenía unas diez bolsas dentro, cerradas. También había dos abiertas en la vereda, con líquidos vaciados de procedencia desconocida y olor nauseabundo al que merodeaban, con legítimo interés, dos perritos huesudos y cabizbajos.

—¡Zafa! —Gritó Eliseo haciendo ademanes repelentes con los brazos, al tiempo que apuraba el paso para hacer su trabajo.

Los perros, lentos y decepcionados, se alejaron pocos metros. Eliseo hizo lo que tenía que hacer. José se acercó a tres contenedores que tenían los colores y las inscripciones de orgánico, papel y otro rubro más que estaba ilegible. Vació su contenido y lo tiró en la boca trasera del camión para luego continuar ayudando a su amigo. Tiraron todo. Sin discriminar. Así, las nuevas bolsas caían orondas en un colchón esponjoso de inmundicia.

—Esto para mí —dijo José tomando una mochila vacía que había encontrado entre los despojos y que podía servirle para algo.

La tiró a la parte alta del camión, donde había un cojín, una caja de madera con cosas de segunda mano y una muñeca grande y sucia pero con potencial para servir de diversión infantil.

—Déjame algo —dijo Eliseo, en son de broma.

—Busca, busca. Tú tiras no más.

Avisaron a Ramiro que las bolsas llegaban al límite. Ramiro activó algo en su cabina. Y José jaló una palanca que hizo que el camión empezara a tragarse toda la basura visible y metérsela adonde no llegaba el sol. Luego avanzaron y siguieron a la siguiente zona.

Llegaron a Paseo del Mar. En callecitas estrechas, los carros se estacionaban a ambos lados, posibilitando tan solo el paso de una que otra mototaxi haciendo malabares considerables. El camión de basura difícilmente lo lograba. Por algunos sitios, Ramiro no se hacía problemas y no pasaba. Esperar a que individuos salgan de la comodidad de sus casas a mover sus carros mal estacionados ya era pedir demasiado. Entonces, mascotas callejeras, moscas y algunas palomas, concluían con lo que la civilización les suministraba: un festín que nunca terminaba.

En algunas ocasiones, los choferes del camión avisaban a los dirigentes del sector de su inconveniente de recorrer todos los espacios. Un poco, para librarse de culpas. Los dirigentes pedían a los vecinos que tengan más consideración y sentido común al momento de usar la calle. La situación rara vez cambiaba.

Los recicladores improvisados se adelantaban al camión. Andaban desde una hora antes husmeando entre las bolsas, abriéndose camino con las manos, removiendo cáscaras, vidrios rotos y pellejos, a ver si encontraban algo que valiera la pena: algunos utensilios, botellas para reciclar, cosas a medio usar. Todo servía. Generalmente eran señoras que llevaban un cochecito viejo de bebé donde ponían todo lo rescatable, mientras uno o dos niños sucios y desarreglados les acompañaban jugando con cualquier cosa mínima que les resultara entretenida o con palos con los que tamboriteaban las veredas.

—Amigo. ¡Amigo! La muñeca… para mi niña —dijo una señora recicladora dirigiéndose a José.

—No, no —le respondió a la señora, que era mayor y tenía poca dentadura.

—¿Algo… no tienes?

—No, mamita, no hay.

Le llegó una queja a Ramiro de parte de su jefe. Para que cumpla cabalmente su trabajo y no deje bolsas sin recoger. Ramiro hizo su descargo; pero daba igual. Al siguiente recorrido, la situación fue la misma. Más carros. Ramiro esperó unos minutos más, pero no pudo pasar. La vez siguiente, sucedió lo mismo. Los vecinos no se inmutaban. A la tercera, Ramiro decidió pasar. Avanzó por su ruta de costumbre viendo a lo lejos un auto negro y otro con farola de colectivo, estacionados distantes pero sin la distancia necesaria para que el camión pasara con holgura. Siguió entre ambos, a baja velocidad. Y no tuvo más que, con algo de placer, arrancarle uno de los espejos al negro y rayar el otro. Ramiro aumentó levemente la velocidad y siguió su camino riéndose solo en su cabina, mientras la alarma del auto negro no dejaba de sonar.

—Hey, ¡heeey! ¡el perrooo! —gritó una mujer, mientras José daba un silbido y Eliseo buscaba, girando el cuerpo, colgado en el camión, a ver qué sucedía.

Ramiro se detuvo de pronto. Miró por su espejo y después de unos segundos, abrió su puerta y bajó para ver lo que había ocasionado. Y vio un perro pequeño que no paraba de chillar, con la cadera inútil debido al paso de las llantas dobles de la parte de atrás del camión. No fue lo único que comprimió los neumáticos. Había algo de deformidad y sangre en la anatomía del can.

—Ohh. Uy, llévelo, señor. Llévelo por ahí. Todavía se puede salvar —Dijo la señora que había dado los gritos.

—¿Es su perro? —preguntó Ramiro.

—No. Siempre anda por acá. No es mío. Llévelo. Llévelo.

—Mmm

Sin mucho interés, Ramiro tomó un costal que estaba colgando de la parte trasera del camión y colocó al perrito como en una cama, lo levantó y lo llevó a la parte delantera, como copiloto. Lo dejó en el piso de la cabina.

Luego de concluir el recorrido habitual y saliendo del sector, en una zona desolada, Ramiro bajó del camión, se dio la vuelta por la parte delantera, abrió la puerta y bajó al perro en el costal. Fue a la parte trasera. Y de un breve impulso, lanzó al perro con todo y costal a la boca del camión. Cayó inerte entre las bolsas y la basura desperdigada, hundiéndose con facilidad, dejando ver el costal más ensangrentado que minutos antes. Tenía el animal más sangre fuera de donde debería y dos de las patas descolgadas.

—¿Qué haces? —Le increpó José.

—Ya está muerto.

—¿Cómo sabes?

—Nada. Ha botado mucha sangre, va a ensuciar el piso.

—Pero no lo botes ahí. Hay que dejarlo allá en la tierra.

—Yo creo que sigue vivo. Les ponen unas llantitas, he visto –dijo Eliseo mirando con duda la situación.

Los tres miraron al perro entre la basura, pero nadie hizo nada.

—Ya fue —dijo Ramiro, sacudiéndose las manos y limpiándoselas con una franela húmeda.

—Hay que dejarlo en otro lado.

—Debe haber un montón de pollos y pescados por ahí. Peores. Por pedazos, hasta masticados —volvió a decir Ramiro, en lo que se iba a su cabina.

Nadie dijo nada más. Ramiro, al irse, estiró el brazo hacia la palanca que activaba la compactación de la basura. La prensa hidráulica descendió haciendo ruidos, con un golpe metálico, tragándose los desperdicios, y entre ellos, al atropellado. El perrito entreabrió los ojos frente al masajeo que le propinó la basura y ante la mirada silenciosa y atónita de Eliseo y José. Ambos vieron cómo el animal se apretujaba cada vez más, hasta ser devorado por el camión y terminar en sus entrañas.

Israel Romero Alamo, diciembre de 2025